Centro de Arte Moderno y Contemporáneo Daniel Vázquez Díaz de Nerva

José María Labrador (1890-1977)

L A   F U E R Z A    D E    U N A    V O C A C I Ó N

José María Labrador.

SEVILLA

MUSEO DE BELLAS ARTES

DEL 20 DE MARZO AL 20 DE ABRIL DE 2003

 

NERVA (HUELVA)

CENTRO DE ARTE MODERNO Y CONTEMPORÁNEO

«DANIEL VÁZQUEZ DÍAZ»

DEL 30 DE ABRIL AL 8 DE JUNIO DE 2003

HUELVA

MUSEO DE HUELVA

DEL 19 JUNIO AL 22 DE JULIO

 

 

 

BENAMEJÍ (CÓRDOBA)

IES «DIEGO DE BERNUY»

DEL 31 DE JULIO AL 7 DE SEPTIEMBRE DE 2003

CÓRDOBA

SALAS DE LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL- FUNDACIÓN RAFAEL BOTÍ

PLAZA DE LA MERCED

DEL 16 DE SEPTIEMBRE AL 6 DE OCTUBRE DE 2003

Bodegón con granadas, c. 1929.La personalidad de José María Labrador como artista presenta una serie de peculiaridades que le hace ser una figura de interés, dentro de una valoración general de la pintura de los años de entre-guerras. Un pintor con una marcada personalidad en el contexto andaluz, especialmente significativo respecto del medio artístico onubense, con el que mantendrá desde época temprana una permanente relación con sus temáticas serranas y mineras. Por otro lado, una relevante figura con un indudable tono de realismo populista, insertada por pleno derecho, en el contexto de los artistas de la escuela sevillana del siglo XX.

Procedente de una humilde familia de emigrantes en Nerva, su vida estará marcada por esfuerzos y penalidades, que el joven Labrador fue sorteando durante años, sin perder de vista su vocación pictórica. Esta decidida aspiración le lleva hasta la capital andaluza, donde se inicia en los estudios del natural en la Escuela de Artes e Industrias de Sevilla, y donde tiene como profesores a González Santos y Virgilio Mattoni, tras ejercer de ayudante de pintura decorativa y «retocador» de fotografías. En este sentido,  Labrador partirá como pintor, como un heredero del realismo académico iniciado en la capital andaluza desde los años de Eduardo Cano.

Retrato ecuestre de garrochista del poeta Fernando Villalón, 1921.Pictóricamente Labrador, suma a sus dotes naturales, una visión realista de personajes populares que tienen por raíz las interpretaciones de figuras de carácter, propios de la generación del noventaiocho representados por el mundo hispánico de Zuloaga. Por otro lado, también Labrador se mantendrá atento a los lenguajes más innovadores y actualizados de su contexto: en concreto los representados directamente por su paisano nervense Vázquez Díaz, y Bacarisas, este último activo en Sevilla y perteneciente al círculo de artistas vinculados a la dinámica sección de Bellas Artes del Ateneo sevillano, institución en la que se aglutinaron lo más significativo de las nuevas generaciones sevillanas, en relación estrecha con las nuevas estéticas de la generación del veintisiete. El mismo Adriano del Valle utilizaría en relación con Sebastián García Vázquez, otro pintor del marco onubense, el calificativo de «primitivo moderno», que bien le cuadraría también al inquieto Labrador de aquellas fechas.

"El Bocafragua": cabeza de minero de Río Tinto, 1927.A  comienzos de la década de los años veinte se produce un cierto reconocimiento local, que inserta definitivamente a Labrador en los debates del arte sevillano de entonces. Fechas en las que se produce su despegue como pintor, al mismo tiempo que conoce de cerca la plástica de los artistas nacionales de mayor prestigio del momento. Hasta entonces, el artista podría considerarse como un pintor de cuadros más que como un autor con programas estéticos. Pero su decidida vocación realista, parece poco a poco fundarse en la tradición de la pintura clásica española de los grandes autores del barroco, a los que estudia concienzudamente. Realiza viajes y desplazamientos al extranjero en compañía de su colega Agustín Segura. Decantándose su labor pictórica hacia el cultivo del retrato, actividad con la que logra un reconocido prestigio local que le reporta éxitos y clientela. Un ejemplo significativo de este momento sería la realización del retrato ecuestre del poeta Fernando Villalón. El paisaje será otra de las vertientes que Labrador desarrollará como pintor, frecuentando con asiduidad el marco de la ribera del río Guadaíra en Alcalá. Nociones en relación con el natural que luego desarrolla en localidades y parajes de la Sierra de Huelva. Un contexto cultural y natural con el que el artista parece identificarse cada vez más, similando ideas azorinianas respecto a las temáticas y sentido afectivo del paisaje natal, y poniendo en valor las iconografías debidas a artistas como las del pintor extremeño Eugenio Hermoso.

Escena campestre: grupo de niñas con animales en los alrededores del castillo de Alcalá de Guadaíra, 1925.Un aspecto especialmente interesante en la trayectoria de Labrador vendrá marcado por su posición ante el realismo de asunto social, una temática en la que el pintor se inicia con asuntos de obreros y mineros, inspirados en las actividades muy cercanas al artista, de los trabajadores de los muelles sevillanos, Río Tinto y Nerva. En estas temáticas insistirá Labrador con proyectos de grandes cuadros de composición especialmente desarrollados en la década de los años treinta, fechas en las que, en plena República, parece despertarse en Nerva una gran actividad cultural: los amigos más íntimos del pintor durante estos años serán el músico Manuel Rojas y el poeta José Mª Morón. A esta época corresponden los encargos de las alegorías de la República de las localidades de Nerva y Benamejí. Serán años en los que elabora nuevas dimensiones de su realismo, con asimilaciones de lenguaje de otros artistas nacionales con idéntica atención a lo social.

El Molino del Algarrobo en Alcalá de Guadaíra, c. 1925.Esta variada labor pictórica será simultaneada con la actividad docente desempeñada en la Escuela de Artes y Oficios en Sevilla. En esta línea de actividades, tras la Guerra Civil tiene lugar la creación de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, en cuya nómina de profesores estará presente Labrador, alcanzando la Cátedra de Dibujo de la institución académica. Los años de la posguerra vendrán determinados en la plástica de Labrador por nuevos motivos, ahora de un realismo más ajustado temporalmente,  para luego articular un lenguaje más propio y personal, donde afloran las anteriores asimilaciones y puntos de vista desarrollados sobre nuevas figuras, paisajes y bodegones de carácter, vinculados estrechamente, a partir de ahora, casi de manera exclusiva, al marco serrano y rural de los montes de Huelva. Una consciente y enérgica alternativa pictórica, paralela al mundo de su colega en Sevilla Sebastián García Vázquez, que desde luego  no es continuista del dilatado mundo de la pintura de costumbres, perteneciente al idealismo sevillano esgrimido por otros artistas de aquel contexto, como Grosso o Santiago Martínez.

La temática serrana, por la que Labrador siente una especial predilección especialmente relevante en las décadas de los cuarenta y cincuenta, se centrará en el mundo de la caza y la montería, a la búsqueda de figuras de carácter y personalidades psicológicas, que se desgranan en actitudes y atuendos ahora en una pintura que, sin dejar de ser enérgica y sólida, tiene algunas preocupaciones hacia el prestigio académico. Estatus que Labrador alcanza con el reconocimiento de su carrera de pintor en las oficiales Exposiciones Nacionales, con sus composiciones: El capitán de la montería (1941), Los pastores y el lobo (1948) y El descorche (1950), obra esta última con la que en Madrid logra el máximo galardón: una medalla de oro. Algo más tarde, ya en la década de los sesenta, le llegará el nombramiento de académico de número de la Academia sevillana.

Paisaje serrano con arroyo y nubes blancas, c. 1960-1970.La última etapa que podríamos considerar en la dilatada vida del artista, vendría marcada por la producción de los años en torno a su jubilación como profesor, recluido a partir de los años sesenta en su amada Nerva. Una etapa en la que el pintor desarrolla una plástica más personal y emancipada, casi de carácter expresionista, donde sus motivos y referentes de identificación, siempre en relación con el entorno cultural y popular de la Sierra, se hacen más presentes en una personal galería de personajes, paisajes y conjuntos de objetos.

Toda una iconografía de tono popular y etnográfica que permite al artista alardes de libertad creativa y exploración de mundo personal. Todo ello mediante una pintura más esencial y directa, sin dejar de ser voluptuosa y colorista, ligada a lo formal y expresivo, que en todo momento transcribe una voluntad de lenguaje ciertamente hedonista y barroco, con acentos evidentes de modernidad. Bodegones y paisajes interesantes, por lo que tienen de pintura desinhibida, y búsqueda de la plasmación de una personalidad psicológica, muy peculiar.

Volver a la programación artística  Volver a la Programación       Volver al Menú Principal  Volver al Menú