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La
personalidad de José María Labrador como artista presenta una serie de
peculiaridades que le hace ser una figura de interés, dentro de una
valoración general de la pintura de los años de entre-guerras. Un
pintor con una marcada personalidad en el contexto andaluz,
especialmente significativo respecto del medio artístico onubense, con
el que mantendrá desde época temprana una permanente relación con sus
temáticas serranas y mineras. Por otro lado, una relevante figura con
un indudable tono de realismo populista, insertada por pleno derecho, en
el contexto de los artistas de la escuela sevillana del siglo XX.
Procedente de una humilde familia
de emigrantes en Nerva, su vida estará marcada por esfuerzos y
penalidades, que el joven Labrador fue sorteando durante años, sin
perder de vista su vocación pictórica. Esta decidida aspiración le
lleva hasta la capital andaluza, donde se inicia en los estudios del
natural en la Escuela de Artes e Industrias de Sevilla, y donde tiene
como profesores a González Santos y Virgilio Mattoni, tras ejercer de
ayudante de pintura decorativa y «retocador» de fotografías. En este
sentido, Labrador partirá
como pintor, como un heredero del realismo académico iniciado en la
capital andaluza desde los años de Eduardo Cano.
Pictóricamente
Labrador, suma a sus dotes naturales, una visión realista de personajes
populares que tienen por raíz las interpretaciones de figuras de carácter,
propios de la generación del noventaiocho representados por el mundo
hispánico de Zuloaga. Por otro lado, también Labrador se mantendrá
atento a los lenguajes más innovadores y actualizados de su contexto:
en concreto los representados directamente por su paisano nervense Vázquez
Díaz, y Bacarisas, este último activo en Sevilla y perteneciente al círculo
de artistas vinculados a la dinámica sección de Bellas Artes del
Ateneo sevillano, institución en la que se aglutinaron lo más
significativo de las nuevas generaciones sevillanas, en relación
estrecha con las nuevas estéticas de la generación del veintisiete. El
mismo Adriano del Valle utilizaría en relación con Sebastián García
Vázquez, otro pintor del marco onubense, el calificativo de «primitivo
moderno», que bien le cuadraría también al inquieto Labrador de
aquellas fechas.
A
comienzos de la década de los años veinte se produce un cierto
reconocimiento local, que inserta definitivamente a Labrador en los
debates del arte sevillano de entonces. Fechas en las que se produce su
despegue como pintor, al mismo tiempo que conoce de cerca la plástica
de los artistas nacionales de mayor prestigio del momento. Hasta
entonces, el artista podría considerarse como un pintor de cuadros más
que como un autor con programas estéticos. Pero su decidida vocación
realista, parece poco a poco fundarse en la tradición de la pintura clásica
española de los grandes autores del barroco, a los que estudia
concienzudamente. Realiza viajes y desplazamientos al extranjero en
compañía de su colega Agustín Segura. Decantándose su labor pictórica
hacia el cultivo del retrato, actividad con la que logra un reconocido
prestigio local que le reporta éxitos y clientela. Un ejemplo
significativo de este momento sería la realización del retrato
ecuestre del poeta Fernando Villalón. El paisaje será otra de las
vertientes que Labrador desarrollará como pintor, frecuentando con
asiduidad el marco de la ribera del río Guadaíra en Alcalá. Nociones
en relación con el natural que luego desarrolla en localidades y
parajes de la Sierra de Huelva. Un contexto cultural y natural con el
que el artista parece identificarse cada vez más, similando ideas
azorinianas respecto a las temáticas y sentido afectivo del paisaje
natal, y poniendo en valor las iconografías debidas a artistas como las
del pintor extremeño Eugenio Hermoso.
Un
aspecto especialmente interesante en la trayectoria de Labrador vendrá
marcado por su posición ante el realismo de asunto social, una temática
en la que el pintor se inicia con asuntos de obreros y mineros,
inspirados en las actividades muy cercanas al artista, de los
trabajadores de los muelles sevillanos, Río Tinto y Nerva. En estas temáticas
insistirá Labrador con proyectos de grandes cuadros de composición
especialmente desarrollados en la década de los años treinta, fechas
en las que, en plena República, parece despertarse en Nerva una gran
actividad cultural: los amigos más íntimos del pintor durante estos años
serán el músico Manuel Rojas y el poeta José Mª Morón. A esta época
corresponden los encargos de las alegorías de la República de las
localidades de Nerva y Benamejí. Serán años en los que elabora nuevas
dimensiones de su realismo, con asimilaciones de lenguaje de otros
artistas nacionales con idéntica atención a lo social.
Esta
variada labor pictórica será simultaneada con la actividad docente
desempeñada en la Escuela de Artes y Oficios en Sevilla. En esta línea
de actividades, tras la Guerra Civil tiene lugar la creación de la
Escuela de Bellas Artes de Sevilla, en cuya nómina de profesores estará
presente Labrador, alcanzando la Cátedra de Dibujo de la institución
académica. Los años de la posguerra vendrán determinados en la plástica
de Labrador por nuevos motivos, ahora de un realismo más ajustado
temporalmente, para luego
articular un lenguaje más propio y personal, donde afloran las
anteriores asimilaciones y puntos de vista desarrollados sobre nuevas
figuras, paisajes y bodegones de carácter, vinculados estrechamente, a
partir de ahora, casi de manera exclusiva, al marco serrano y rural de
los montes de Huelva. Una consciente y enérgica alternativa pictórica,
paralela al mundo de su colega en Sevilla Sebastián García Vázquez,
que desde luego no es
continuista del dilatado mundo de la pintura de costumbres,
perteneciente al idealismo sevillano esgrimido por otros artistas de
aquel contexto, como Grosso o Santiago Martínez.
La temática serrana, por la que
Labrador siente una especial predilección especialmente relevante en
las décadas de los cuarenta y cincuenta, se centrará en el mundo de la
caza y la montería, a la búsqueda de figuras de carácter y
personalidades psicológicas, que se desgranan en actitudes y atuendos
ahora en una pintura que, sin dejar de ser enérgica y sólida, tiene
algunas preocupaciones hacia el prestigio académico. Estatus que
Labrador alcanza con el reconocimiento de su carrera de pintor en las
oficiales Exposiciones Nacionales, con sus composiciones: El capitán de
la montería (1941), Los pastores y el lobo (1948) y El descorche
(1950), obra esta última con la que en Madrid logra el máximo galardón:
una medalla de oro. Algo más tarde, ya en la década de los sesenta, le
llegará el nombramiento de académico de número de la Academia
sevillana.
La
última etapa que podríamos considerar en la dilatada vida del artista,
vendría marcada por la producción de los años en torno a su jubilación
como profesor, recluido a partir de los años sesenta en su amada Nerva.
Una etapa en la que el pintor desarrolla una plástica más personal y
emancipada, casi de carácter expresionista, donde sus motivos y
referentes de identificación, siempre en relación con el entorno
cultural y popular de la Sierra, se hacen más presentes en una personal
galería de personajes, paisajes y conjuntos de objetos.
Toda una iconografía de tono popular y etnográfica
que permite al artista alardes de libertad creativa y exploración de
mundo personal. Todo ello mediante una pintura más esencial y directa,
sin dejar de ser voluptuosa y colorista, ligada a lo formal y expresivo,
que en todo momento transcribe una voluntad de lenguaje ciertamente
hedonista y barroco, con acentos evidentes de modernidad. Bodegones y
paisajes interesantes, por lo que tienen de pintura desinhibida, y búsqueda
de la plasmación de una personalidad psicológica, muy peculiar. |