La inmediatez con la que devoramos imágenes colapsa nuestro
recuerdo que, en un intento por auto inmunizarse, no borra,
desestructura hasta fragmentar cuanto nos llega, por ello lo de
recordar en un instante muchas cosas a causa de una fragancia
desconocida, la entremirada furtiva de alguien que se nos cruza o
cualquier otro hecho que se convierte en acontecimiento para
nuestro subconsciente.
Esta es una historia personal, y para un creador no es
diferente; sólo algunos pretenden retener este juego irónico y
arcano en sus trabajos, quimera en la que les va la vida en ello
si es sincero.
Toda imagen en Manuel Moreno Morales es perdurable, hay un
elemento previo que le distancia de otros creadores, es lo
vivencial respecto a lo representado -lo que no es nada fácil:
éste es un proceso de orden lento, la imagen no es sólo un
análisis técnicamente valorado, se convierte en parte del propio
origen, el de un creador, de este modo impregnan su esencia de
momentos vividos y, por ello, difíciles de esquivar en el margen
del olvido.
Cada una de estas imágenes, guardadas celosamente en pequeñas
cajas de plástico, retienen como fetiches a unos personajes que
nos hacen suyos, una sensación a la que ayuda la hábil mano de
este creador, calibrando cada elemento escénico para enseñar a
cada uno de nosotros cómo es su vida y, en definitiva, cómo es
la vida, la nuestra.