Centro de Arte Moderno y Contemporáneo Daniel Vázquez Díaz de Nerva

un mensaje entre conspiradores
En el transcurso del siglo XX, uno de los elemnetos distintivos del proceso de producción artística ha sido la consideración del arte es decir, de los objetos artísticos y de las instituciones ligadas de un modo u otro a su conservación, difusión y venta como motivo del arte.
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Ciertamente,
puede decirse que no ha habido momento en el curso de la historia en el
que los artistas no hayan tenido conciencia de lo que les precedía y
también de aquello que sus colegas generaban contemporáneamente. Un
proceso de asimilación cuyo objetivo principal fue, desde la primera
constitución del concepto de estaría, el aprendizaje. Así, Miguel Ángel
dibuja las figuras de los frescos realizados por Massaccio o Manet se
sirve de los modelos velazqueños para la configuración de sus
personajes. Mas no entraremos ahora ni en la historia de las influencias
ni tampoco en la de la interpretación de los modelos, ni mucho menos en
la secuencia de impulsos y retornos que caracterizaron las tendencias del
siglo pasado, pues no son el objeto de esta exposición ni el guión de
sus reflexiones.
Las
piezas reunidas en esta exposición se ajustan a esa definición, a la vez
que, ceñidas a su tiempo, difunden aspectos inesperados de la realidad. En
el recodo final del siglo, la posmodernidad ha ensayado tanto una
deconstrucción de los alegatos de la modernidad como la constitución de
una argumentación que la sitúa fuera de los idealismos del pasado. En
cierto sentido, la reflexión moderna o vanguardista se ha visto
sustituida bien por una crítica de sus razones y paradigmas ‑que ha
deparado, a mi juicio, algunas de sus realizaciones más sugerentes‑
bien por la ironía respecto a la ubicación social del artista, a su
comportamiento como talo a la actuación e ideología de las entidades
citadas en el primer párrafo de esta nota. Es a este segundo momento -a esos años finales y, también, a su permanencia en estos primeros del nuevo siglo, y en el ámbito exclusivamente español- al que se dedica la exposición arte dentro del Arte. No es ni quiere ser un análisis de una práctica, la apropiacionista, establecida internacionalmente desde los años setenta, por más que los artistas y las obras escogidas puedan o deban incluirse en ella. Es mucho menos en su estudio histórico, por otra parte ya efectuado en textos diversos, y quiere, si no ser más, sí ofrecer un aspecto distinto en una especulación actual: que el poder de las imágenes artísticas, incluso de aquellas promovidas o suscitadas desde parámetros e intenciones radicalmente diferenciadas de las vigentes en la escena contemporánea, sigue movilizando las conciencias hacia la que se quiera de ellas, incluido, curiosamente, el propio medio en que habitan.
arte
dentro del Arte,
el primer vocablo en minúscula, porque la apropiación o la cita no son
arte propiamente dicho, sino eso, apropiación o cita1.
Lo que hace de estas piezas obras de arte es aquello que los artistas
hacen con el material del que se sirven, algo que está un poco más allá
o un poco más acá de la imagen por sí sola. Son
todas obras cuyo motivo incluye obras precedentes o contemporáneas y en
las que cabe distinguir distintas proposiciones respecto a las piezas
mismas, al protagonismo social del artista o al de las instituciones.
Igualmente un juicio sobre el hecho mismo de la colección y del uso de la
obra de arte. Salvo
excepciones -Rafael Agredano, Ángel Mateo Charris, Mateo Maté-, la gran
mayoría de las obras expuestas han sido realizadas en los primeros años
de este siglo XXI, alguna incluso el año 2004. La decisión de extremar
la cronología procede de un intento por certificar la vigencia de unos
modos que, aunque consolidados en el tiempo, conocen todavía inesperadas
aplicaciones. Insisto en el hecho de que ésta no es una muestra dedicada
históricamente al apropiacionismo, por más que en esa categoría
pudiesen ser todas ellas incluidas. Si
intentásemos la nómina de los artistas a los que han recurrido comprobaríamos
que son de lo más variopinto, aunque con algunas coincidencias. Entre los
artistas del pasado acuden a aquellos ‑Leonardo, Velázquez, Vermeer,
David, Friedrichque- podríamos considerar entre los pintores filósofos o
científicos, lo que no veta que los más implicados social o políticamente
vayan a otros aparentemente más expresivos‑así, Delacroix-. De
los vanguardistas, amén de Picasso y Miró, dos de los nombres más
reiterados son Malevich y, como ya apuntamos, Duchamp; curiosamente, cada
uno de ellos ha tenido "efectos" fundamentales en otros artistas
españoles: el primero en los años ochenta (basta con pensar en Txomin
Badiola), el segundo desde los años setenta, por ejemplo, en el
desaparecido Carlos Alcolea, o en Xavier Utray.2 Incontables
son aquellos procedentes de las neovanguardias y no faltan, tampoco,
incluso aquellos cuya trayectoria madura ha acontecido en las mismas décadas
en que el fenómeno apropiacionista ha tenido lugar. Pero
no es el mero hecho de que Duchamp aparezca en la obra de Elena del Rivero
o en Martín, Malevich en la de Juan Carlos Román, Delacroix o Boltanski
en la de Angustias García & Isaías Griñolo, Velázquez en la de
Alberto Sánchez, Mike Kelley en la de Cristina Lucas, Friedrich en la de
Joxerra Melguizo, Picasso en la de Ampudia o Rafael Agredano, Miquel
Barceló en la de Montse Soto, Pollock en la de Amondarain,
Beuys y Sorolla en la de Ángel Mateo Charris o artistas anónimos en la
de Mateo Maté y Sánchez Castillo, sino que es la extensión o la
distancia, la complicidad o la crítica, la preservación o la aplicación
que estos artistas hacen respecto a sus modelos, lo que me interesa
observar y resaltar.
En
primer término, despegándose de la emoción o de la veneración,
desobjetualizan el objeto artístico del que se valen. José Ramón
Amondarain hace alfombra de un Pollock, Mateo Maté convierte en
ejercicios de papiroflexia el resultado de pintar, Martín lleva la estática
escena museística y las piezas que contiene a un continuo traslado, Sánchez
Castillo desmonta el principio del monumento, etc. De
este modo, no resultará extraño que una de las principales vertientes
por las que se arriesgan sea su uso político, coyuntural, convencidos
tanto de la obsolescencia de los mensajes como de lo inevitablemente
fragmentario de su exposición. Esto pueden efectuarlo de la manera más
radical y reivindicativa respecto a situaciones actuales, como ocurre con
las piezas de García & Griñolo, especialmente Inventario de objetos
que pertenecieron al líder sindical L. D. en el bosque de Las Madres,
también como quien volviese la vista atrás; así, Sánchez Castillo o
Cristina Lucas, cuyas estrategias diseccionan los espejismos de los
poderes civiles o religiosos, aludiendo a problemáticas o situaciones
globales, como Joxerra Melguizo y Ángel Mateo Charris e, incluso, como
ocurre con las propuestas de Eugenio Ampudia y el recién citado Charris,
críticas con la propia ubicación del artista en el delineado de ese
discurso político colectivo. Ubicación
o reubicación del sujeto que comparece de distintos modos en Elena del
Rivero ‑y su apasionante articulación con Duchamp y Velázquez, en
un viaje del futuro al pasado que certifica el alegato de Foster según el
cual «incluso cuando vuelve al pasado, la vanguardia también retorna del
futuro, reubicado por el arte innovador en el presente»3
- o, en lo tocante al espacio propio del arte, en Rafael Agredano y Juan
Carlos Román. Un
último aspecto me parece igualmente reseñable, según fórmulas
distintas y con objetivos y pretensiones igualmente diferentes: estos
artistas someten a interrogatorio, cuestionan críticamente, analizan o
estudian la estructura institucional de su propio medio. Montserrat Soto,
y también Cristina Lucas, aunque más irónicamente narrativa, respecto a
las modalidades, circunstancias y consecuencias del coleccionismo, y su
extensión a los valores defendidos desde los museos. Sobre el papel de éstos
en Melguizo, Ampudia o Román, éste incurso también en la doble figura
sin rostro de Jano de las galerías. Concluiré
estas notas de introducción indicando que los artistas aquí reunidos, o
al menos una parte sustancial de ellos ‑García & Griñolo,
Melguizo, Martín, Sánchez Castillo, Montse Soto, Román, etc.‑,
han hecho su trabajo documentando el presente, recopilando los fragmentos
independientes de lo real sin despojarlos de su particularidad, pero
devolviéndolos ajustados según una composición, la del arte. arte
dentro del Arte
es un proyecto concebido originalmente para su exposición en la Sala de
Verónicas, de Murcia, y en el Monasterio de Nuestra Señora de Prado, de
Valladolid. Sus características individuales orientaron una
selección de obras diferente para cada caso, el de Nuestra Señora de
Prado incluía un número mayor de piezas que el de la Sala de Verónicas,
por más que éste fuera, verdaderamente, su núcleo conceptual; el hecho
de que ambos espacios fuesen el de una antigua iglesia determinó un modo
concreto de montaje, que las hermanaba. Para
la Sala Puertanueva, que inaugura arte dentro del Arte, hemos realizado
una tercera adaptación, que responde tanto a la imposibilidad de contar
con algunas de las piezas anteriormente expuestas, a la inclusión de
otras de los mismos artistas y al hecho de que éste sea un espacio, por
así decirlo, neutro, propio de una sala contemporánea.
Como
fuere, y en el convencimiento de que la idea germinal de arte dentro del
Arte no se ha visto alterada o transformada por estos cambios, en el catálogo
se incluyen, en lugares diferenciados, todas las obras que han participado
en una u otra de sus ediciones. En la documentación que acompaña al
texto específico dedicado a cada uno de los artistas participantes están
presentes las obras expuestas las veces anteriores y ausentes ahora, junto
a otras que ilustran la dedicación de cada uno de ellos a este argumento.
En el Catálogo se reproducen exclusivamente las obras expuestas en
Puertanueva. Varios de los concurrentes, Angustias García & Isaías Griñolo, Juan Carlos Román, Fernando Sánchez Castillo y Montserrat Soto, expresaron su interés por incluir un texto propio respecto a su trabajo o a su libre interpretación de alguno de los aspectos aquí abordados, así se ha hecho y puede el lector encontrarlos en distintos apartados de esta edición.
1
No es que no considere como obras de arte las apropiaciones radicales y
textuales, tal cual, por ejemplo, las de Sherrie Levine, digo que el hecho
sólo de fotografiar una fotografía preexistente no es en sí mismo otra
obra de arte; loes, en este caso, en cuanto traspasa el umbral del lugar
destinado ala exhibición de obras de arte, la galería, pues es allí
donde recibe la unción que rechaza y donde, paradigmáticamente, su
impugnación de la autoría recibe de la obra la consideración
ineluctable de autor y ésta recíprocamente la de obra de arte. 2
Hal Foster señala cómo el neodadaísmo y el minimalismo «encierran los
dos retornos a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta
que podrían calificarse como radicales[ ..I: los ready-mades del dadá
duchampiano y las estructuras contingentes del constructivismo ruso. [...]
Por más que estética y políticamente diferentes, ambas prácticas
combaten los principios burgueses del arte autónomo y el artista
expresivo.» El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo,
Ediciones Akal, Madrid, 1991. 3 Hal Foster, op. cit. Mariano Navarro |
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